04. Conceptos para entender la historia norteafricana

Consciencia contemporánea del pasado



 

 04. Conceptos para entender la historia norteafricana

   Tras haber hecho un recorrido somero por la historia de nuestra ciudad y de Marruecos, creo oportuno remarcar aspectos y aclarar conceptos que nos permitan una mejor comprensión de la historia y que generalmente dan lugar a malentendidos, a visiones parciales o a un relato superficial, aprovechando la existencia de términos que pueden parecer similares pero que tienen significados muy diferentes según el punto de vista del interlocutor; africano o europeo; cristiano o musulmán; contemporáneo, moderno, medieval, antiguo…


4.01 Tribus, nomadismo y territorio

   

   En primer lugar, y según los estudios arqueológicos, es oportuno recordar que la fundación de la ciudad de Ceuta se la debemos a los fenicios que, al menos, en el siglo VII a.C. ya habían construido un pequeño núcleo en el istmo junto a la catedral. Desde entonces, la ciudad ha dependido en múltiples momentos de la historia de capitales de reinos, imperios y civilizaciones que se encuentran más allá de nuestros territorios marítimos y terrestres inmediatos; el Mediterráneo oriental, el Sahel, Oriente Medio, el centro de la orilla norte del Mediterráneo, además de la península ibérica o el norte de África; a través de rutas marítimas y de rutas terrestres como hemos visto en el plano de las rutas de conexión de Ceuta. Es, precisamente, la posición geográfica del Estrecho, como punto de encuentro de dos continentes, un mar y un océano, la que propicia que la ciudad haya estado vinculada (en un orden cronológico) a Biblos y Tiros en el Líbano, a Roma en Italia, a Cartago en Túnez, a Estambul en Turquía, a Damasco en Siria, a Córdoba y Granada en España, Fez en Marruecos, Marrakech en Mauritania y Marruecos, Lisboa en Portugal, a Madrid en España y a Bruselas en Europa. Ahora bien, algunas de estas ciudades han pertenecido a su vez a diferentes entidades político-administrativas. Por ejemplo, la capital del imperio almorávide se fundó en Marrakech en 1070, pero, ¿podemos considerar a los almorávides como marroquíes? ¿O eran mauritanos?

   Sin conocimientos de derecho internacional aplicado a diferentes territorios y en  diversos momentos históricos es difícil pronunciarse a favor o en contra. Sin embargo, sí me gustaría traer a colación ciertos conceptos que no se suelen tener en cuenta o que se asimilan a otros que no tienen nada que ver, de hecho, algunos están detrás de muchos de los conflictos que aún perduran en nuestro planeta. Se trata del concepto de tribu nómada, que de por sí ya incluye dos ideas, la organización tribal y el nomadismo. Dejemos de lado otro concepto que tiene bastantes similitudes pero que puede llegar a ser mucho más complejo, las etnias. En Marruecos hay todavía numerosos territorios en los que prima el orden tribal en la vida cotidiana, regiones en los que el Estado tiene presencia y ejerce unas leyes pero no tiene un control total (entre otros motivos porque no es propietario de los terrenos), territorios en los que solo con la aquiescencia de las tribus afectadas los gobiernos pueden llevar a cabo sus políticas; en la actualidad hay referenciadas más de 300 tribus (Tribus du Maroc) pese a que el Estado no las reconoce como entes administrativos. En ocasiones, la cohabitación entre gobernanza tribal y estatal es fructífera, en otros llega a paralizar el desarrollo de regiones enteras como así sucedió con la región Guelmim - Oued Noun en 2017 y 2018 (Marruecos puso en marcha un proceso de regionalización basada en la experiencia española pero el desarrollo de las competencias ha sido muy desigual según los territorios). Es solo una muestra de la complejidad que tiene comprender las dinámicas sociales y políticas en algunas regiones del Marruecos contemporáneo, más acuciante en el pasado, en el que el número de tribus árabes, beréberes, judías, drauas, saharauis y cristianas (estas últimas permanecieron hasta finales del siglo XII), con sus agrupaciones y alianzas, eran mucho más numerosas, con equilibrios difíciles de mantener y con guerras constantes entre ellas. De ahí que la representación gráfica mediante planos en cada período histórico no se pueda reducir a una única entidad, como si una dinastía ejerciera un control verdadero sobre todas las tribus que vivieran en el interior de dichos límites, sobre todo porque en muchas de las regiones, el número de tribus nómadas era muy superior al de sedentarias. Entre ellas se firmaban contratos para garantizar la seguridad de las tribus sedentarias ante los ataques de tribus nómadas, especialmente las llegadas de Arabia, como los banu ma’qil, a partir del siglo XIII y que consiguieron implantarse en las regiones desérticas de la costa atlántica tras expulsar a las tribus beréberes que llevaban siglos habitándolas.

   Precisamente, el concepto de nomadismo fomenta la confusión entre los límites de los territorios de una tribu y los terrenos o regiones en los que nomadiza, al no tener en cuenta que la amplitud de los recorridos dependía de los acuerdos y alianzas con las tribus propietarias de las zonas de pastoreo y de todas aquellas tierras que debían atravesar. En ese sentido, las alianzas entre tribus eran por acuerdo mutuo o impuestas por la fuerza, llegando incluso a someter a toda una tribu a la esclavitud. Los conflictos entre las tribus podían ser cíclicos, como describe Julio Caro Baroja en Estudios Saharianos; En octubre la gente sembraba. De noviembre a mayo vivía en paz. Cuando llegaba junio todos se lanzaban a la guerra y al robo de ganados, y en las proximidades del otoño se concertaban las paces, para volver a sembrar. He ahí la importancia de las alianzas, podían dar lugar a una confederación de tribus (no por afinidad étnica sino por intereses mutuos), cuyo poder podía dar lugar a una dinastía o simplemente ejercer su poder, influencia e independencia en el seno de la misma. El ejemplo más claro es el de los almorávides en el siglo XI, dinastía surgida de la confederación sanhaya, formada en la región del Adrar en Mauritania (presumiblemente en el oasis de Azugui en Atar) por las tribus lamtuna (que nomadizaban entre los ríos Drâa y Senegal), masufa (originarios del norte de Argelia pero que a lo largo de la historia se fueron desplazando hasta el Sáhara) y gudala (originarios de la costa atlántica mauritana). Como vemos, hacer una delimitación de los sanhaya resulta complicada, incluso si nos ceñimos a la era de su fundación en el siglo XI.

   La delimitación del territorio de los sanhaya justo antes de la formalización de la dinastía almorávide no es un caso aislado, es bastante habitual encontrar tribus beréberes originarias del norte de África, esto es de Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Egipto, cuyas áreas de movimiento estaban comprendidas entre el mar Mediterráneo y el Sahel. Esto no quiere decir que estuvieran todo el tiempo en movimiento sino que podían pasar años, décadas e incluso siglos en una región, interactuar y mezclarse con otras tribus y etnias, y después desplazarse miles de kilómetros para cambiar de región. En ocasiones, las áreas de movimiento venían delimitadas por accidentes geográficos. Así, la arqueóloga Denise (Djin) Jacques-Meunié, en su obra Le Maroc saharien des origines à 1670, explica que desde la antigüedad tribus negras nomadizaban entre las montañas del Alto Atlas y el río Senegal. Se dice que una de esas tribus son los drauas, que siguen viviendo en el valle del Drâa en Zagora (Marruecos), otras desaparecieron como los bafur de Mauritania. ¿Qué nacionalidad asignamos a dichas tribus? En realidad, si vivieron en algún momento de la historia desde las costas mediterráneas hasta el Sahel podremos elegir una larga lista de países, lo que facilita moldear las identidades nacionalistas según los intereses.

   Otro punto imprescindible para entender la historia de Marruecos sería los tipos de relaciones que mantenían las tribus con el sultán. El término usualmente utilizado es el de lealtad pero un juramento de lealtad durante la Edad Media no tenía el mismo significado en Europa y en Marruecos. En el primer caso, el vasallaje llevaba implícito  una “apropiación” de las tierras por parte del señor o rey (podía haber excepciones). En el islam, el concepto occidental de lealtad se desgranaba en cuatro conceptos; al-Bay’a, Al-Wala' wa al-Bara’, Ta’a y al-Wafa’ bil-‘Ahd y los compromisos son de orden espiritual, político y moral, pero no necesariamente implican una cesión de las tierras, por ello, el Estado no se definía por fronteras geográficas sino por las lealtades establecidas. A partir del siglo XVI en Marruecos, la dinastía saadí empieza a diferenciar dos tipos de territorios; Bled el-Majzén, con una presencia total del Estado en dicho territorio; Bled es-Siba, donde hay un pacto por el que se reconoce la lealtad espiritual pero no necesariamente la obediencia, y por tanto el control de los territorios de las tribus. No fue hasta el protectorado francés cuando se promulgó el decreto o Dahir du 27 avril 1919 (26 Redjeb 1337) organisant la tutelle administrative des collectivités indigènes et réglementant la gestion et l'aliénation des biens collectifsen (pág 375 del Bulletin Officiel de l'Empire Chérifien n.º 340), en el que se produce la separación entre soberanía y propiedad, ejerciendo desde entonces el Estado una tutela sobre las tierras tribales que pasan a denominarse colectivas. Dicha modificación fue introducida por los franceses como un medio para intentar “pacificar” las regiones presaharianas controladas completamente por las tribus y con multitud de conflictos entre ellas y así se ha mantenido durante un siglo, hasta la aprobación de una nueva ley que mantiene los mismos principios (Loi n° 62-17 relative à la tutelle administrative sur les communautés soulaliyates et la gestion de leurs biens). Pese a que estas leyes intentaban hacer converger el derecho occidental con el islámico en relación a la propiedad de las tierras, la Corte Internacional de Justicia mantuvo en su momento la distinción entre Bled el-Majzén y Bled es-Siba establecida por los saadíes como determinante a la hora de considerar los territorios que pertenecen a un país (Opinión consultiva de 16 de octubre de 1975 de la Corte Internacional de Justicia). Otra vez más es oportuno recordar que el objeto de este texto no es dilucidar quién tiene razón sino, en este capítulo en concreto, explicar la complejidad que emana de los territorios tribales.

   Un último concepto que conviene aclarar es el de sultán como representante de la autoridad civil, política y militar. La principal diferencia con califa es que éste ostentaba una autoridad religiosa y las relaciones que podían establecerse entre ambos podían variar. En Marruecos hay dinastías que declararon su propio califato y otras mostraron fidelidad a otros ya existentes en otras regiones y continentes, a veces en un plano meramente religioso, en otros también político y militar. Así, la dependencia de los habitantes de Marruecos fue evolucionando con la historia:

 

Desde la llegada del islam a la Gran Revuelta Beréber de 740, dependían del califato omeya de Damasco (Siria).

Durante los idrisíes (789-974) fueron independientes.

Los almorávides (ss. XI a XII) dependían del califato abasí de Bagdad (Irak).

Los almohades (ss. XII a XIII) declararon su propio califato.

Los meriníes (ss. XIII a XVI) se sometieron al califato abasí de El Cairo (Egipto).

Los saadíes (ss. XVI a XVII) se proclamaron como califa.

Los alauíes (ss. XVII - presente) son independientes al ostentar el título de "Príncipe de los Creyentes”, por lo que no necesitan sumisión religiosa alguna a un califa.

 

   ¿La sumisión a un califato suponía que los habitantes de un territorio gobernado por una dinastía dependía administrativamente del califa? Por lo general era una cuestión simbólica y de carácter jurídico y religioso, esto es, los almorávides eran una dinastía dependiente de Bagdad pero ello no implica que los habitantes del Adrar haya que considerarlos como iraquíes. Como hemos visto, ha habido situaciones en las que el califato omeya de Damasco sí ejercía un control administrativo sobre el norte de África, por lo que las acciones militares que pudieran ejercer lo hacían en nombre de los omeyas.

   Pues bien, de la misma manera que la relación entre califa y sultán se establece a diferentes niveles a lo largo de la historia, lo mismo sucede con la relación entre el sultán y las tribus y entre éstas mismas. En este sentido, si una tribu acepta una lealtad espiritual ante el sultán pero manteniendo la soberanía sobre sus tierras, ¿se puede afirmar que el territorio pertenece al sultán?

   Haciendo incidencia en estos conceptos, y sus variaciones históricas, queda claro lo fácil que resulta trazar fronteras y defenderlas usando razonamientos basados en conceptos interpretados de manera superficial, cuando la realidad es mucho más compleja.

 

4.02 Religión, nacionalismos y fronteras

   

   Para complicar aún más los razonamientos históricos vistos hasta ahora, tanto en Europa como en el norte de África se han justificado fronteras basándose en las religiones; en el caso concreto del Estrecho como si el islam fuera sinónimo de marroquí y el cristianismo de español. De esta manera, algunas posturas extremas, presentes y pasadas, pretenden hacer ver que la presencia exclusiva de una u otra religión puede servir de argumento para definir la pertenencia a uno u a otro país.

   Se tiene constancia de la presencia cristiana en Ceuta al menos desde mediados del siglo IV, como así lo atestiguan los restos de la basílica paleocristiana. La llegada del islam en el siglo VIII no impidió una presencia casi constante de población cristiana, la cual gozaba de representación diplomática, derechos y protección; los almorávides (s. XI) tuvieron acuerdos con la República de Pisa; los almohades (s. XII - s. XIII) con la República de Pisa, la República de Génova y la República de Marsella (La Señoría de Ceuta en el siglo XIII, María del Carmen Mosquera Merino); los meriníes (s. XIII y s. XIV) con la Corona de Aragón… (Historia de Ceuta. De los orígenes al año 2000)

   En los territorios islámicos de la Península durante al-Ándalus, los cristianos y los judíos gozaban de un pacto de protección, dhimma, y tenían derechos, es decir, no eran territorios exclusivos de musulmanes. De la misma manera, en los territorios cristianos también vivían musulmanes (mudéjares), con sus propios derechos, hasta que en los siglos XVI y XVII empezaron a exigir la conversión para poder permanecer en la Península. Es cierto que con la llegada de los portugueses a Ceuta en 1415, el estado constante de guerra que se mantuvo hasta el final del asedio de Mulay Ismail (1694-1727) imposibilitó la permanencia en la ciudad de musulmanes, pero ello no impidió que hubiera intercambios comerciales a pequeña escala, es más, estaba regulado la entrada en la ciudad pero sin pernoctar, al igual que ocurre en la actualidad con los marroquíes considerados como transfronterizos (Mogataces y regulares, Francisco Olivencia). Sin embargo, tras la firma del Tratado de Paz y Comercio de 1767 que el sultán Mohamed III propuso al rey Carlos III (1 y 2) se inicia un período inaudito de relaciones entre los dos reinos. En el tratado se hacía mención a Ceuta en dos artículos:

 

Artículo 10.°
Los españoles que deserten de los presidios de Ceuta, Melilla, Peñón y Alucemas, y los moros que en ellos se refugien serán inmediatamente y sin la menor demora restituidos por los primeros alcaides ó gobernadores que los aprendan, á menos que no muden de religión.

Artículo 19.°
Los ensanches que su Majestad católica pide en los cuatro presidios los prohíbe enteramente la ley: desde el tiempo que se tomaron fijaron límites sus Majestades imperiales por dictamen de sus Taifes y Sabios, y juraron de no alterarlos , cuyo juramento han practicado y practican todos los emperadores, y es causa que su Majestad imperial no pueda concederlo, sin embargo que su real ánimo quisiera estenderse á mucho mas. No obstante para renovar dichos límites y marcarlos con pirámides de piedra, nombra por su parte al alcaide de Arcila, gobernador de Tetuán, y lo que éste acordare y marcare por límite de acuerdo con el comisario que su Majestad católica nombrare, su Majestad imperial lo da por acordado y marcado, así como el plenipotenciario de su Majestad católica.

 

   El artículo 19 es un reconocimiento de los límites que la ciudad tenía entonces, límites que se aumentaron hasta la actual barriada de Hadú (nombre derivado del árabe hudud, frontera) en el Arreglo de Marrakech (1785) y que se ratificaron en el Tratado de Paz, Amistad, Navegación, Comercio y Pesca entre Su Majestad Católica y Su Majestad marroquí; concluido y firmado en Mequinez a 1° de marzo de 1799 (1 y 2).

 

Artículo 15°
Los límites del campo de Ceuta y extensión de terreno para el pasto del ganado de aquella plaza quedarán en los mismos términos que se demarcaron y fijaron en el año de 1782.

 

   Este tratado quedó sin efecto con la guerra de 1859-1860 tras la cual se firma el Tratado de Paz de Wad-Ras que da lugar a otros tratados pero mucho más ventajosos para España dada su posición de fuerza y que supuso un cambio radical en las relaciones hispano-marroquíes, que desembocaría décadas después en el proceso de colonización que estableció un protectorado español en Marruecos. Precisamente en esa guerra fue fundamental la participación de la Compañía de Moros Mogataces de Orán, creada en Argelia en 1734 (Los Mogataces. Los primitivos soldados moros del España en África, Enrique Arqués y Narciso Gibert). Cien de sus componentes recalaron en Ceuta en 1791 (serían el 2% de la población), meses antes del abandono de Orán y Mazalquivir por parte de España. Tras la guerra de África se creó la Compañía de Moros Tiradores del Rif (refundida en 1861 con antiguos Mogataces), posteriormente se unificaron en 1886 junto al Escuadrón Cazadores de Ceuta y la Compañía de Mar dando lugar a la Milicia Voluntaria de Ceuta, que a su vez se transformó en 1914 en el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas hoy Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería , que suponen el origen más importante (pero no único) de los musulmanes de la Ceuta del siglo XXI. Ahora bien, se puede afirmar que no solo hay población musulmana de origen marroquí, también la hay argelina ya que aún hay familias descendientes de los Mogataces en la ciudad, como las familias de apellidos Almanzor y Kaddur (¿De dónde vienen los apellidos menos frecuentes de Ceuta? Luis Parodi). A principios del siglo XX también se produce una llegada significante de judíos llegados de Marruecos y dedicados al comercio (Análisis demográfico de Ceuta 1801-1930, Antonio Carmona Portillo).

   Esta cronología sirve para explicar cómo las poblaciones cristianas, musulmanas e incluso judías, en la propia ciudad o a ambos lados de la frontera, mantuvieron relaciones comerciales, culturales, sociales y políticas desde la llegada del islam casi de manera ininterrumpida. El hecho de que ahora la población sea mayoritariamente cristiana y musulmana no debe suponer una anomalía, más bien es una vuelta a lo que la ciudad ha sido desde la aparición del islam en el norte de África.

 

4.03 Colonizaciones

   A menudo, las relaciones contemporáneas entre España y Marruecos vienen todavía determinadas por la herencia colonial, como demuestran numerosos estudios académicos, hasta el punto de que en la conciencia de colectivos académicos, artísticos y políticos marroquíes, hay un constante reproche hacia los españoles (y franceses), aunque algunos intelectuales como Abdallah Laraoui son críticos ante el victimismo instalado; ¿por qué obnubilarse entonces con la colonización europea, última de una larga serie, si ya se acabó, hace ahora una generación? ¿Por qué seguir culpabilizándola con todos los males del Tercer Mundo, desde el desbarajuste económico hasta la penuria alimenticia? ¿No se habrá convertido acaso en una simple coartada? ¿Acaso no habrá sonado ya la hora, para poderla situar, por fin, en una perspectiva histórica y, en cierto modo, para cerrar el expediente? (Marruecos: Islam y nacionalismo. Abdallah Laraoui).

   Por otra parte, algunos de los problemas internos contemporáneos vienen derivados de no haber sido capaz de recomponer el equilibrio de poder del majzén con las tribus, interrumpido por culpa de la colonización (Regionalización fallida, Bernabé López. El País), el hecho de no haberlo hecho no es responsabilidad de los españoles sino de los propios marroquíes; en cierto modo hay una clase social marroquí que actúa como herencia de una fuerza colonial. En todo caso, no se pueden negar los efectos negativos que tuvo el protectorado, como tampoco podemos olvidar que Marruecos no solo ha sido colonizado por España durante los siglos XIX y XX, la llegada de tribus árabes desde la provincia arábiga fue otra colonización que aún persiste, imponiendo su religión, lengua y cultura sobre una población mayoritariamente beréber. De igual modo, habría que considerar que los “marroquíes” también colonizaron otros territorios exteriores a sus fronteras actuales, como Mauritania y Mali, y una parte del Magreb y de la península ibérica.

   En realidad, al igual que en Ceuta pero a otra escala, Marruecos ha sufrido y se ha aprovechado de su posicionamiento geográfico en el norte de África, lo que explica la riqueza de su cultura y la complejidad de su sociedad. No obstante, los nacionalistas marroquíes niegan esas raíces sin pensar que todos las dinastías marroquíes, a excepción de los almohades, llegaron de otras geografías; idrisíes de Iraq; almorávides de Mauritania; meriníes de Argelia; saadíes de Arabia Saudí; alauíes de Arabia Saudí. En todos los casos pasaron décadas e incluso siglos desde el establecimiento en “territorio marroquí” hasta alcanzar el poder como dinastía reinante, poniendo de manifiesto los vínculos que Marruecos ha tenido históricamente con otros territorios africanos y de Oriente Medio.

   Tampoco se pueden utilizar los orígenes de las dinastías para deslegitimar la cultura o la nacionalidad marroquí porque en España las dos casas reales más importantes tampoco son de origen español, los Borbones provienen de Francia y la casa de Habsburgo de Austria, llegando los primeros a ocupar una extensión que correspondería con Francia, España y parte de Italia; los Austria controlarían Europa central y parte del sur de Europa bajo la denominación de Sacro Imperio Romano Germánico.

 

4.04 Estados y naciones

   

   Según la RAE, nación es un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. En el islam, el concepto más parecido a la idea de nación europea sería la umma, si bien su significado ha sido interpretado de diferentes maneras a lo largo de la historia, podría traducirse como comunidad y sus límites no vendrían dados por fronteras físicas sino por el alcance del poder militar ejercido por las dinastías o por los califatos. Posteriormente, Ibn Jaldún desarrolló el concepto de asabiyya para describir a una tribu o conjunto de tribus que terminan por crear una dinastía o dawla. Durante el siglo XIX, para contrarrestar el poder europeo, los otomanos empiezan a organizar su imperio a imagen y semejanza de las potencias occidentales, cambiando el significado de dawla que ahora pasa a ser país.

   ¿Qué ocurre en la España musulmana de la Edad Media? No se puede hablar de España como nación porque dicho concepto ni siquiera existía en esa época. El concepto europeo de nación surge en el siglo XVIII, y hasta entonces se utilizaba para asociar a personas de una región, de una ciudad (del latín natio o nationem, que a su vez deriva del verbo nasci nacer). El gran cambio se produjo cuando se asoció nación y soberanía.

   Ahora bien, si aplicamos la definición de nación de la RAE a diferentes momentos de la historia en el que ese conjunto de personas habitaban la misma región aunque ésta estuviera a ambos lados del Estrecho, por ejemplo, en época fenicia, romana, islámica e incluso cristiana, entonces veremos que la nación de cada una de esas épocas tenía unos límites que no coinciden con los actuales, es más, se solaparían. Con todo ello quiero decir que nuestras relaciones con el norte de África no pueden circunscribirse a la aparición del islam y terminarse con la conquista de Granada en 1492, esa relación es permanente y aún subsisten en la España actual, gracias a las comunidades, tribus, etnias que han vivido en el mismo tiempo tanto en el norte de África como en la península ibérica, y por supuesto gracias a la población española norteafricana de Ceuta, Melilla, el Peñón de Vélez, el Peñón de Alhucemas y las islas Canarias.

   Por otra parte, la RAE define estado como País soberano, reconocido como tal en el orden internacional, asentado en un territorio determinado y dotado de órganos de gobierno propios, también como Forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio. La idea contemporánea de estado empezó a formalizarse en el siglo XVI pero no fue hasta la firma de los tratados Paz de Westfalia en 1648 que pusieron fin a la guerra de los Treinta Años en la que se define lo que hoy entendemos como estado, estableciendo el principio de soberanía territorial: cada estado tiene autoridad exclusiva dentro de sus fronteras y ninguna potencia exterior (como el papa o el Sacro Imperio) puede intervenir en sus asuntos internos.

   Asimilando significados, se podría decir que el primer estado en Marruecos apareció en el siglo VIII con la dinastía idrisí, mientras que en Europa no fue hasta el final de la Edad Media, con la desaparición del feudalismo que los primeros estados (según la concepción actual) aparecieron.

 

4.05 Etnografías transfronterizas


   Ya hemos comentado que se tiende a simplificar que al-Ándalus fue una conquista del islam, por tanto de musulmanes, y que consecuentemente se trató de una extensión del territorio marroquí. La realidad fue otra.

   En primer lugar, las oleadas iniciales estaban formadas por tribus beréberes bajo el mando y poder de los árabes del califato de Damasco y que, junto a los cristianos que se convertían al islam (muladíes), conformaron la base de la población; con el paso del tiempo los muladíes alcanzaron un gran peso demográfico (Cristianos y musulmanes en la España medieval (711-1250), Thomas F. Glick). Con la aparición y llegada de las sucesivas dinastías, la población que llegaba a la Península desde el Sahel, el norte de África y Oriente Medio, aumentaba la diversidad étnica y tribal de la población. El paso de los siglos no significó una homogeneización de esas poblaciones, algunas tribus siguieron manteniendo su endogamia, preservando sus propias culturas y tradiciones.

   Por otro lado, no hubo una línea divisoria que representara el límite entre el islam y el cristianismo sino que se generaron múltiples territorios entremezclados cuyos poderes podían ser ejercidos por cristianos o musulmanes. Los trabajos históricos y arqueológicos han demostrado que las ciudades tenían diversas comunidades, con sus barrios (juderías, morerías), sus edificios representativos (mezquitas, iglesias, sinagogas…), sus obligaciones y sus derechos (ya hemos citado que los cristianos y los judíos eran minorías religiosas conocidas como dhimmis y gozaban de protección según el Corán con un estatus jurídico propio). La toma de una ciudad por tropas musulmanas o cristianas no supuso una expulsión inmediata de las comunidades “invadidas”, en la mayoría de los casos permanecían en ella. No obstante, cada dinastía y reino tuvo un impacto diferente en el tratamiento de las diferentes comunidades, pudiendo variar su porcentaje considerablemente a cada cambio de poder, incluso llegando a desaparecer tras los correspondientes decretos de expulsión.

   Precisamente los decretos de expulsión dictados tanto por musulmanes como por cristianos provocaron una serie de movimientos migratorios en diversos momentos de la historia y en sentido contrario, esto es, de norte a sur, desde al-Ándalus hacia el norte de África, de árabes, beréberes, judíos y cristianos. Las principales etnias religiosas resultantes de este proceso de convivencia, que tuvo una duración de casi 10 siglos, fueron las siguientes:

 

Mozárabes: cristianos que vivían en territorio musulmán y adoptaron su cultura. Algunos fueron expulsados en el siglo XII por los almorávides y se asentaron en Fez, Mequinez, Salé y Marrakech. Aún siendo desterrados, y dadas la competencias que tenían en técnicas constructivas y en artesanía, esta población terminó siendo aceptada por las sociedades de las ciudades mencionadas. Más relevancia tuvieron los que formaron parte de las milicias cristianas que estuvieron al servicio, primero, de los sultanes almorávides en sus luchas contra los almohades, y posteriormente del lado de los vencedores, los propios almohades, pese a que éstos decretaron años más tarde la obligatoriedad de convertirse al islam bajo amenaza de la pena de muerte en caso de negarse (Historia de los mozárabes de España, Francisco Javier Simonet).

Muladíes: cristianos que se convirtieron al islam (la mayoría de la población). Entre los siglos XIII y XVII fueron instalándose en Marruecos, Argelia y Túnez conforme los cristianos iban recuperando territorio (Al-Andalus Estructura antropológica de una sociedad islámica en occidente, Pierre Guichard; Al-Andalus 711-1492: une histoire de l’Espagne musulmane, Pierre Guichard ).

Sefardíes: judíos expulsados a finales del s. XV mediante el Edicto de Granada de 1492, se establecieron en Marruecos (Tetuán, Tánger, Fez, Larache y Alcazarquivir), Argelia, Turquía, Grecia, Italia, Países Bajos… A partir del siglo XIX algunos de ellos se instalan en Ceuta y forman parte de la sociedad civil ceutí actual (Los judíos en la España moderna y contemporánea, Julio Caro Baroja).

Mudéjares: musulmanes que permanecieron viviendo en territorios reconquistados por cristianos, conservando inicialmente su religión y sus leyes. Salieron entre los siglos XIII y XVI tras negarse a bautizarse, pasando primero por el reino de Granada y posteriormente estableciéndose en Fez y Tetuán (Los moriscos antes y después de la expulsión, Míkel de Epalza).

Moriscos: descendientes de los musulmanes de al-Ándalus residentes en la Península que tras la caída de Granada en 1492 fueron obligados a convertirse al cristianismo. Muchos emigraron a principios del siglo XVII, se estima que fueron casi 300.000, de los cuales 40.000 se establecieron en Marruecos; en Tetuán, Tánger, Xauen, Fez, Rabat y Salé (donde llegaron a fundar una república independiente). También llegaron a Argelia (Argel, Orán, Tremecén), Túnez y Turquía. Es curioso que a los moriscos los trataron como comunidades extranjeras de la misma manera que los europeos de origen magrebí son considerados al instalarse en Marruecos (Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent; Los moriscos del Reino de Granada, Julio Caro Baroja).

 

   A estos grupos étnicos se les podían añadir otros en función de las lenguas que hablasen no asociadas a su religión, los cristianos arabeparlantes o mustarib, los musulmanes romanceparlantes o ladino y los beréberes de las zonas rurales que mantuvieron su lengua y cultura de manera autónoma respecto al árabe. Ello implicó que durante una buena parte de al-Ándalus se hablaran hasta dos y tres lenguas en la misma ciudad. 

   Esta riqueza social no se traducía siempre en una convivencia armónica, las revueltas entre las comunidades eran asiduas y no se limitaban a la religión, siendo las más destacadas las de los beréberes contra el califato omeya que dio lugar a una emigración forzada hacia el Magreb en los siglos VIII y IX, destacando la llegada a Fez de una masa de población que construyó la parte de la medina conocida como la de los andalusíes.

   Como hemos visto, la herencia desde el punto de vista etnográfico de al-Ándalus se distribuye hoy en día, principalmente, entre España y Marruecos, aunque no exclusivamente.

   Las múltiples imbricaciones de grupos étnicos en al-Ándalus dificulta la delimitación de las fronteras, pero esta casuística no es exclusiva de territorios donde se produjo una confrontación de religiones, en mi opinión, está más relacionada con la geografía y la importancia de la misma desde un punto de vista estratégico. Si nos vamos a Mauritania, veremos también cómo la llegada del islam provocó una convulsión y que se añadió a la que siglos antes venía desarrollándose por las migraciones de tribus nómadas y la interacción pacífica o belicosa de grupos étnicos llegados del Magreb, de Oriente Medio, de Mali, de Senegal, de Níger… Beréberes, árabes, wólofs, fulanis, soninkés, bafurs, judíos… Esta diversidad complica aún más las delimitaciones fronterizas en función de los orígenes, tanto geográficos como étnicos. Veamos algunos ejemplos con algunas de las principales tribus que habitan el Sáhara en su costa atlántica (Estudios Saharianos, Julio Caro Baroja).

 

Los ulad tidrarine son descendientes de los almorávides, en concreto del sultán Abu Bakr el Lamtuni (emir almorávide del Adrar mauritano en el siglo XI). Reclaman ascendencia de los ansar (los habitantes de Medina que apoyaron al profeta Mahoma). Según su tradición oral, descienden de un ancestro epónimo llamado Hannin (cuyo alias era Tidrarin), establecido durante la expansión árabe medieval. Se asentaron predominantemente a lo largo de la franja atlántica, desde el Cabo Bojador hasta la desembocadura del río Drâa.

Los ulad delim son descendientes directos de las migraciones árabes de los banu maqil (originarios de la península arábiga), específicamente de la rama de los beni hassan que se adentró en el Magreb hacia el Sáhara entre los siglos XIV y XV. Primero intentaron establecerse en el valle del Ziz (en los alrededores de Sijilmasa), posteriormente en el valle del Drâa (Zagora) y finalmente en el siglo XV consiguen establecerse en la región del Río del Oro, expulsando a las tribus beréberes establecidas en ese territorio nómada.

Los erguibat tienen raíces árabes y beréberes (de la confederación sanhaya, a su vez cofundadores de la dinastía almorávide), trazando su genealogía hasta la dinastía idrisí a través de su fundador, el predicador sufí del siglo XVI Sidi Ahmed al-Reguibi, quien se estableció en la cuenca de Seguía el-Hamra. Llegaron a dominar un vasto territorio y el control de las grandes rutas caravaneras que conectaban el sur de Marruecos, Argelia, Mauritania y Mali.

 

   Como vemos, la nomadización de las tribus y las etnias, la convivencia entre ellas, el mestizaje macerado durante años, hace casi imposible establecer unas fronteras en la mitad norte del continente africano basado exclusivamente en la pureza de las etnias y aún mucho menos según la delimitación de territorios que eran cambiantes a lo largo de la historia.

 

4.06 Civilizaciones cruzadas

   La complejidad de la organización etnográfica de sociedades que habitan en territorios estratégicos y fronterizos contrasta con la facilidad con la que se establecen líneas divisorias incluso entre civilizaciones. El término civilización, al igual que nación y estado, ha evolucionado a lo largo de la historia. Según la RAE es el Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana. Sin embargo, su etimología proviene del latín, civis (ciudadano) y civitas (ciudad), y desde la Edad Media es un concepto asociado a poblaciones sedentarias organizadas en un espacio físico (la ciudad) y también social y político, en el que la agricultura es la clave para que una población se sedentarice y evolucione hasta convertirse en civilización. En este sentido, la primera civilización sería la persa y la sedentarización fue posible por la existencia de oasis surgidos en las orillas de los ríos. Ahora bien, este concepto excluye a las sociedades tribales nómadas, y no hay más que estudiar la organización social de, por ejemplo, las tribus que habitaron el Sáhara alrededor de la jmaa o asamblea, junto a la distribución y estructura espacial de los campamentos nómadas de hasta 250 jaimas o tiendas y 1.500 personas, establecidos regularmente (y recurrentemente) allí donde hubiera una fuente de agua, llámese río, lago, pozo o manantial (con un desarrollo de la agricultura a una escala más pequeña que los oasis y reducidos a un espacio temporal determinado) y a la clasificación social y reparto de oficios de un campamento nómada (como los estudiados en los años 50 del siglo pasado en el Sáhara por Julio Caro Baroja y descritos en su obra Estudios Saharianos) para entender que el término civilización también podría ser aplicado a estas organizaciones y formas de habitar lugares, en contra de lo expuesto por Charles Redman en Los Orígenes de la Civilización, en los que la tribu no es más que un estadio previo a la civilización que evolucionaría de banda a tribu, después a jefatura y por último a estado. Aunque no existiera, en un inicio, el componente de ciudad no se podría hacer uso de la raíz civitas, aunque se le podría definir con otro término asociado a campamento (en latín campus) o bien asociado a nómada (en griego nomas); una propuesta podría ser campunomasía y la definición que podría adoptar la RAE sería Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad nómada.

   Ahora bien, ¿qué ocurre con aquellas tribus nómadas que se organizan en confederaciones con una estructura de poder y que más tarde dan el salto a la dinastía? Para alcanzar la denominación de civilización tendrían que sedentarizarse en ciudades ya existentes o fundar nuevas, como así hicieron los idrisíes (fundando Fez), los almorávides (fundando Marrakech), los almohades, los meriníes, los saadíes y los alauitas. Es decir, las tribus nómadas del desierto están en el origen de Marruecos desde el siglo VIII. ¿Se podrían por tanto definir las dinastías surgidas del Sáhara como civilizaciones? Todas estaban compuestas en sus fases iniciales por tribus nómadas del Sáhara y todas tuvieron su capital en Marruecos. Si así fuera, ¿cuál sería entonces la base de la civilización de Marruecos? Actualmente el término más aceptado sería arabo-amazigh pero a mi entender es el resultado de situar conjuntamente el concepto de civilización árabe junto al beréber, cuando realmente desde la llegada del islam se fueron mezclando, de diferentes maneras, y dando lugar a múltiples dinastías con tribus nomadizando en diversas regiones, en las que también había un componente sahaliano muy importante.

   No sería acertado quedarse en el nivel arabo-amazigh puesto que los beréberes convivieron con otras civilizaciones, en concreto con la fenicia, la griega y la romana, al igual que los árabes, que además de las tres mencionadas también lo hicieron con los persas (considerada la primera civilización). Esa convivencia ha dado lugar a un patrimonio que aún se mantiene, por ejemplo, las ciudades fundadas por los fenicios en la orilla sur del Estrecho de Ceuta y Tánger, o las industrias desarrolladas por los romanos, los salazones, en el Estrecho, y la agricultura en diversas regiones como la llanura del Gharb (Tingitana en la antigüedad tardía, siglos III-VII, Noé Villaverde Vega), sin olvidarnos de las soluciones arquitectónicas y tecnológicas que fueron adoptadas por la denominada arquitectura islámica tanto en el norte de África como en la península ibérica (La continuidad: Roma, Bizancio, Oriente islámico y lo hispanomusulmán. Arquitectura y decoración. Basilio Pavón Maldonado), como el concepto de casa patio o toda la ingeniería hidráulica a gran y pequeña escala (desde los romanos solo se han mejorado los materiales pero los conceptos hidráulicos empleados siguen siendo los mismos); los hammam o baños árabes son una evolución de las termas o baños romanos (Ingeniería hidráulica romana, Carlos Fernández Casado); las estructuras de los acueductos se adaptaron a la arquitectura para cubrir grandes espacios, como la mezquita de Córdoba… Esta herencia tecnológica podría complicarse aún más en el sentido de que durante las dinastías almorávides y almohades, ingenieros andalusíes fueron reclamados para diseñar y ejecutar las infraestructuras hidráulicas de Marrakech, un complejo sistema de ríos, canales, acequias, khattaras o canales subterráneos, albercas y fuentes de distribución de barrios necesarios para abastecer de agua tanto a la medina como a las parcelas agrícolas en lo que fue un proyecto conjunto de oasis y ciudad (Las huertas de Marrakech en las fuentes escritas: bustan, buhayra, yanna, rawd y agdal, siglos XII-XX, Julio Navarro Palazón y José Miguel Puerta Vílchez), o mejor dicho, de un oasis con una ciudad en su interior. Parece evidente que dichos sistemas andalusíes habían tenido su base en el patrimonio romano hidráulico existente en la Península aún en uso, los andalusíes lo perfeccionaron y luego lo aplicaron en el norte de África.

   Como vemos, la herencia fenicio-greco-romana llegó al norte de África directamente a través del Mediterráneo pero también modificada desde la Península ya en época islámica. Si a estas influencias le añadimos la tecnología importada por la población que se instaló en Marruecos tras ser expulsada de la Península en diversos siglos, veremos que una gran parte del patrimonio marroquí tiene sus raíces en el patrimonio grecorromano.

   Las raíces marroquíes también hay que buscarlas en el Sahel. Desde antes de la llegada del islam, tribus nómadas beréberes del norte de África ya tenían una área de movimiento que incluía el Sahel, a veces el intercambio era esporádico, otras tuvo una duración de siglos e incluso fue permanente como lo demuestran las tribus beréberes de la Mauritania contemporánea. El área de transición entre el Sahel y el Sáhara fue propicio para el encuentro y desarrollo de culturas y tradiciones asociadas a tribus y etnias como la wólof, fulani, soninké… que dieron lugar a imperios con diferentes alcances territoriales, con epicentros en el Mali actual y en los ríos Senegal y Níger; Imperio de Ghana (ss. VIII a XIII);  dinastía almorávide (ss. XI a XII); Impero de Mali (ss. XIII a XVI); Imperio songhai (ss. XV a XVI). Parecen regiones lejanas pero es conveniente recordar que los almorávides llegaron hasta el norte de la Península y que prácticamente hasta el siglo XVII el comercio (y por lo tanto intercambios culturales) entre el Sahel y la península ibérica fue constante, primero durante las dinastías arabo-amazigh y posteriormente con España y Portugal hasta el siglo XVI en el que desaparece el Imperio songhai (a causa de una conquista de Mali por parte de la dinastía marroquí saadí, con un ejército comandado por cristianos andalusíes) y a la irrupción del comercio del oro con el continente americano.

   Si cambiamos de perspectiva y analizamos las raíces españolas, lo primero que pensaremos serían las civilizaciones grecorromana y judeocristiana, y por supuesto los 7 siglos de al-Ándalus, que como ya hemos visto no se trata de una herencia exclusivamente marroquí, también siria, tunecina, argelina, mauritana, si hablamos de territorios; si nos referimos a civilizaciones, tendríamos que hablar de civilizaciones árabes, amazighs y sahelianas.

   Si comparamos las raíces de los actuales reinos de España y de Marruecos podemos afirmar que compartimos prácticamente la misma base en cuanto a civilizaciones y que desde hace tan solo unos siglos se ha producido una separación en la evolución de nuestras sociedades, que sin embargo, con los procesos migratorios actuales desde diversos países árabes (fundamentalmente Marruecos y Argelia), están revirtiendo esta situación, haciendo que en multitud de ciudades españolas la cultura arabo-amazigh vuelva a estar presente como lo estuvo hace 6 siglos.

   Si nos centramos en la Ceuta del siglo XXI con la presencia de cristianos, musulmanes y judíos nos daremos cuenta de que somos el común denominador de la suma de dos culturas o incluso de civilizaciones identificadas comúnmente con España y con Marruecos, lo cual supone una inmensa riqueza.

 

Credits texts, photos and drawings: Carlos Pérez Marín